HOY DIARIO DEL MAGDALENA
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Muy poco, muy tarde

Ver bosques arder en las montañas y planicies, en centros urbanos, páramos y parques naturales, duele. Duele, y produce rabia, en especial, cuando se evidencia el descuido de las autoridades, empezando por las del orden nacional. No solo en el actual gobierno, pues ninguno le ha dado importancia a la prevención y control de incendios forestales. Pero este se pavonea y presenta como la conciencia ambiental y climática del mundo.

El calor deshidrata las plantas y provoca la emisión de etileno, un compuesto químico presente en la vegetación, altamente combustible. Por eso, en períodos de sequía, altas temperaturas y vientos fuertes, una chispa es suficiente para causar una conflagración. Más si el fuego alcanza y propaga a través de las copas de los árboles; el fuego en tierra suele ser más fácil de controlar y extinguir, sin negar la complejidad de semejante tarea.

Los incendios forestales no son fáciles de anticipar y prevenir, pero algunos se pueden evitar y controlar antes que se extiendan, si se conoce la causa principal de los mismos y se cuenta con la capacidad operativa para contrarrestarlos. En Colombia se improvisa en lo primero y se carece del personal, la infraestructura y los equipos para advertir su ocurrencia, para salirle al paso de manera oportuna cuando el incendio es una realidad.

Tan pronto se tuvo noticia del primer incendio en Santander, se culpó al cambio climático y al fenómeno de El Niño. A los pocos días fue en Pilas del Cabuyal en Cali y luego en los cerros orientales en Bogotá. No tardarían las autoridades en informar que eran más de veinte los incendios en todo el país, independiente de la altura, temperatura y régimen de lluvias. ¿Se ensañó la naturaleza con Colombia, un castigo de Hefesto, el Dios del Fuego, en la mitología griega?

No es así. Como se dijo, la sequía y altas temperaturas facilitan los incendios, pero pocas veces los causan. Sólo el 4% de los incendios forestales son de origen natural y en estos casos, la mayoría por rayos. En el 96% restante está la mano del hombre, intencional o por descuido. Pero aquí se cree que en una semana se presentan veinte incendios por causa natural. Ya empiezan a caer las manos criminales. La ingenuidad tiene un límite, por suerte.

A lo anterior se suma que el país no está preparado para incendios forestales. Genera impotencia ver el ir y venir de unos pocos helicópteros arrojando agua desde un canasto (Bambi Bucket) y a cientos de bomberos, soldados y al personal de la Defensa Civil, unos héroes, haciendo lo que está a su alcance para controlar las llamas. Con las uñas, porque su labor no ha sido tomada en serio; se les dan recursos a regañadientes, porque toca.

La Fuerza Aérea cuenta con seis canastos para apagar incendios con una capacidad de descarga de 400-600 galones, es decir, nada, y a un equipo que podría transportar 3.400 galones en un avión Hércules, no se le ha hecho mantenimiento. Y como si fuera poco, el Gobierno recortó el presupuesto de Bomberos en el 2024, pese a que la Procuraduría alertó a inicio del 2023 la precaria situación de estos a nivel nacional, ante la llegada de El Niño.

En ese escenario, la reacción del presidente Petro fue culpar a gobernadores y alcaldes, anunciar otra emergencia, y decir que tiene la plata para hacerle frente a los incendios. Ningún Gobierno puede tirar la primera piedra, pues la desidia no es de ahora. Menos éste que se limitó a advertir la llegada de El Niño y se ufana por el mundo de su compromiso con el clima y el medio ambiente, mientras se le incendia el país por incompetente. Too Little, too late (Muy poco, muy tarde) dice un refrán en inglés, indignante y pertinente.