HOY DIARIO DEL MAGDALENA
Líder en la región

¿Y la unidad nacional qué?

El gobierno se sigue caracterizando por su improvisación suprema. Nada parece estar meditado previamente. Simplemente se sueltan las cosas a ver cómo resultan, o cómo se van recibiendo.

El caso de la línea flexible con el FMI que contrató el gobierno Duque para hacer frente a la pandemia es un buen ejemplo, entre mil, de la manera como este gobierno maneja las cosas.

Primero, se vino una andanada contra el gobierno anterior por haber contratado la línea de crédito flexible. A pesar de que cerca de 90 países acudieron a las ventanillas del FMI con el mismo propósito. Pero nuestra línea flexible era la más favorable: una tasa de interés del 1% y sin condicionalidades. Se dijo -equivocadamente por supuesto- que allí estaba el germen del alto endeudamiento público y la raíz de la estrechez de las finanzas públicas.

Después, desde las calurosas orillas del río Cauca, en Antioquia, el presidente Petro le dio la orden terminante al ministro Bonilla para que se trasladara a Washington a reprogramar el servicio de dicho crédito, pues, según dijo a los cuatro vientos, el servicio de ese crédito nos tenía “ahogados” financieramente hablando. Lo cual, obviamente, no era cierto. Nos quedamos sin saber, eso sí, qué pensaría el mercado internacional al escuchar un acalorado presidente latinoamericano diciendo que estábamos ahogados en deudas. Poco estimulante para seguir prestándole a Colombia.

La última escena de este sainete se desarrolló la semana pasada en Estados Unidos, durante las reuniones de primavera del Banco Mundial y del FMI, a las que concurrió el ministro Bonilla y en las que afortunadamente, en vez de seguir las calenturientas instrucciones de su jefe, logró que el FMI le otorgara a Colombia una prórroga de la línea flexible con el Fondo. De la que tan mal se había hablado hasta la víspera.

Este episodio lo que muestra es la improvisación asombrosa como se vienen manejando los temas económicos desde la presidencia de la República. Con tal de pescar un titular en las redes sociales, se sacrifica todo rigor y toda la mesura que se supone deben manejar estos asuntos.

En otra ocasión se dijo que se iba a presentar en esta legislatura una nueva reforma tributaria. Quizás creyendo que así se le hacía frente al desplome que trae la economía, se habló de bajar la tributación de las empresas del 38% al 35% y subir los impuestos a las personas naturales que ganen más de 10 SMM. La maniobra debería ser neutral alcanzó a decir el gobierno: el recaudo que se perdiera reduciendo la tributación empresarial se compensaría con lo que se extrajera de las personas naturales.

En el entretanto han salido las cifras del desplome que muestran los recaudos que van de la mano con el famélico crecimiento de la economía y del empleo. Desde entonces no se ha vuelto a hablar del tema.  Pero quedó flotando en el ambiente la mala idea de que vamos hacia una nueva reforma tributaria a escasos quince meses de haber aprobado la anterior.

Naturalmente el gobierno no tiene nada preparado sobre lo que contendría la nueva reforma tributaria que alcanzó a anunciar, ni cálculos de nada. El apetito del titular le ganó al rigor y a la sindéresis que deben presidir algo tan serio como es una reforma tributaria.

 

Por favor ¿no habrá nadie dentro del círculo de allegados al presidente que le diga que los anuncios en materia económica son delicados; y que si no tienen estudiados los temas es mejor que se refrenen antes de tocar campanas a los cuatro vientos?

 

El discurso de G Petro desde la tarima sindical el 1 de mayo plantea muchas reflexiones. Fue una mezcla de elocuencia, difamación, ambigüedad y polarización acentuada.

En primer lugar, así como el derecho a la libre expresión hay que respetarlo y protegerlo, la difamación deliberada contra alguien o contra alguna familia, debe censurarse. Infortunadamente el discurso de G Petro tuvo una buena dosis de difamación deliberada que, obviamente, además de censurable nada bueno aporta para crear un clima de «unidad nacional».

Le dio muchas vueltas al llamado al «poder constituyente»: pero no salió de la ambigüedad cuando se esperaba que anunciara en qué consiste y cómo piensa liderar su aterrizaje en la vida práctica de Colombia. Por el momento sigue siendo un cómodo estribillo que le sirve como biombo para agredir, amenazar y polarizar. Pero poco aclara sobre el porvenir político que le espera a Colombia.

¿Ruptura de relaciones diplomáticas con Israel? Era previsible dado su discurso anterior. Resta por aclarar sin embargo si esta decisión le conviene o perjudica a Colombia. Había otras muchas maneras de protestar con firmeza contra el gobierno Netanyahu.

El artículo 188 de la Constitución dice: «el presidente de la Repúblicas simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos».

Con el discurso de G. Petro no hizo el menor esfuerzo por demostrar que desde el alto cargo que ostenta busque «simbolizar la unidad nacional». Por el contrario: profundizó una zanja de odio y dividió el país en dos: el de los esclavistas, acaparadores, y egoístas que dizque lo «quieren matar» a él; y el de la otra mitad de colombianos que -según su versión de las cosas- sufren los abusos de los primeros.

No fue ciertamente un discurso simbolizante de la unidad nacional, sino con el que procuró marcar abismos entre una y otra Colombia. Pero quizás es que eso es lo que Gustavo Petro quiere a toda costa.

*Exministro de Estado

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