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El contador y paramédico venezolano al que la barbería le cambió la vida

Desde joven, el sueño de Javier Mendoza siempre fue ser barbero, pese a que cuenta con un diploma que lo certifica como contador profesional y paramédico. Hoy agradece a los samarios por la nueva oportunidad para su vida y asegura que solo regresaría a su país a pasear.

Por: Yarti Hoyos, Hoy Diario del Magdalena, para Consejo de Redacción.

Bajo el cielo siempre azul de Santa Marta, ese que le acaricia la piel sutilmente, Javier Alfonso Mendoza Villadiego, nacido en Maracaibo, Venezuela, teje su relato migratorio en cada corte de pelo.

Su historia comienza en la lejanía de Venezuela, un país marcado por la incertidumbre y la adversidad. Al migrar, Javier llevó consigo sueños enraizados en la esperanza de un futuro más prometedor, un anhelo que encontraría eco en los murmullos de las olas del Caribe al llegar a la Bahía más linda de América, en donde lo esperaba una tía con los brazos abiertos, pese a las dificultades económicas que también vivía en ese entonces.

Una barbería, un pequeño santuario en medio del bullicio urbano, se convirtió en el escenario donde Javier Mendoza transformó las inquietudes de su partida en movimientos precisos de sus tijeras. Su sueño desde niño era ser barbero, pese a que tenía un título profesional como contador y otro como paramédico.

Cada corte es una obra de arte, una expresión de su habilidad, pero también una conexión con la vida de aquellos que confían en él para esculpir su identidad.

“Mi vida en Venezuela era muy normal, era un país de mucha bonanza, en donde había muchas fuentes de trabajo. Por supuesto, la moneda no estaba devaluada, tanto así que los mismos colombianos migraban hacía allá para vivir mejor”, dice en medio del relato de su historia.

Desde los jóvenes en busca de un estilo fresco hasta los ancianos que comparten sus vivencias, cada cliente es un capítulo nuevo en el libro de la vida de Javier, escrito en las páginas de la ciudad que lo acogió.

“Hubo muchos factores que me llevaron a migrar hacia otro país, sin imaginar que me podía quedar. Cuando yo decidí viajar a Santa Marta, lo hice porque iba a pasar vacaciones donde una tía, pero todo se convirtió en algo permanente”, relató.

El murmullo constante de las conversaciones en la barbería se convirtió en una sinfonía de experiencias compartidas.

Javier Mendoza, con su acento venezolano, encontró en cada charla más que palabras: encontró comprensión y empatía. A medida que sus manos danzaban entre mechones de cabello, también tejían lazos de camaradería y solidaridad.

“Yo recuerdo que decidí irme de Venezuela en el año 2015, ese año hubo una devaluación bastante fuerte de la moneda. Para recordar aún más, se me viene a la mente que aquella vez mi papá tenía un carro y al venderlo sufrió mucho, tanto que quería otro vehículo y solo le alcanzó para una moto”, cuenta.

La barbería no era solo un espacio de transformación física, sino un refugio para los que anhelaban un respiro en medio de las vicisitudes de la vida.

Los clientes se multiplicaban, no solo por las habilidades de Javier con las tijeras, sino por la reputación de su local como un punto de encuentro. Entre los reflejos de espejos y los aromas de productos para el cabello, se tejían historias de migrantes, de sueños y desafíos superados.

“Me tocó demasiado duro al llegar a esta hermosa ciudad por ser venezolano, me cerraron las puertas. Pero en una barbería en la calle 14 con carrera 7 me dieron la oportunidad, no les importó que era migrante. Para ese tiempo me tocaba desayunar, almorzar y cenar con 500 pesos, me compraba una bolsa de agua larga y un pan de 200 pesos. El agua la tenía que hacer rendir, porque había veces que me iba sin realizar cortes”, dice Mendoza.

La vida de Javier era un testimonio de la diáspora que encontró en la belleza de Santa Marta un faro de esperanza. A medida que su clientela crecía, él no solo se convertía en un barbero experto, sino en un embajador de la diversidad y la resiliencia. En la barbería las diferencias se desdibujaban y la esencia de la humanidad se expresaba en cada corte. La tijera de Juan no solo transformaba cabellos, también creaba puentes entre culturas.

“Yo descubrí mi talento y éxito porque vi que las barberías en Colombia eran informales, y yo venía con una visión más actualizada de la belleza y la barbería. Yo desarrollo mucho el corte con peinados, que lleva máquina, secador y plancha, entonces las personas se sorprendían al ver lo que hacía”, dijo.

En cada atardecer que ilumina la Bahía más linda de América, la historia de Javier se narra en los detalles finos de su trabajo y en la sonrisa agradecida de quienes encontraron a un barbero y a un amigo.

En la esquina de su pequeño reino de tijeras y espejos, Javier Mendoza continúa escribiendo su historia, enredando las experiencias de su pasado con los hilos del presente, demostrando que el arte de cortar pelo es, en su esencia, un arte de conectar corazones y construir puentes entre mundos.

Su negocio actualmente se encuentra renovado. Un estilo único e innovador es la factura que le imprime su propietario a cada corte de cabello y cambio de look.

Hoy se dedica a embellecer barbas y cabellos en su negocio que lleva su mismo nombre en la Avenida del Río, lugar al que llegó tocando puertas, buscando trabajo, hasta conseguir su propio carro, motocicleta y darle calidad de vida a sus padres, a su pareja sentimental y a su hija de 5 años.

Este trabajo periodístico fue elaborado en el marco de ‘Periodismo en movimiento. Laboratorio de creación de historias sobre migración venezolana en Colombia’, iniciativa de Consejo de Redacción y el Proyecto Integra de USAID en alianza con Hoy Diario del Magdalena. Su contenido es responsabilidad de sus autores y no refleja necesariamente la opinión de USAID o el Gobierno de los Estados Unidos.

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