HOY DIARIO DEL MAGDALENA
Líder en la región

¡Laudable herencia magisterial!

Por:

JOSÉ MANUEL

RODRÍGUEZ

PIMIENTA

La educación siempre ha sido en la historia el motor dinamizador de los procesos transformadores en la sociedad. Es uno de los pilares que sostiene la estructura de un sistema lleno de relaciones existenciales y que de mejor manera proyecta la evolución de los pueblos.

Surgen sus eficientes manifestaciones cambiantes especialmente de la interacción del binomio formado por educadores y educandos, el cual se sitúa en el espacio de la superestructura social al responder a los intereses que se forman en la base económica de las comunidades.  Por eso la importancia que adquiere esta relación cuando abordamos su razón de ser y sus implicaciones en los cambios en el entramado colectivo.

En el remoto pasado -en nuestro medio local y regional- muy precaria fue la condición del educador oficial en la prestación de su servicio. Tuvo que afrontar desesperadas situaciones que dificultaron la labor educativa, no solo para superar las distancias de la compleja topografía del suelo, sino también las originadas por el ambiente no adecuado ni favorable para emprender en condiciones normales la misión de la enseñanza. Agregado a esto, el poco salario y las deficientes prestaciones que recibió de las administraciones de turno que casi nunca vieron el proceso educativo como una necesidad transformadora, sino como un servicio más de los tantos regulados con despotismo y arbitrarias determinaciones. Pero a pesar de todas estas pesadas cargas que tuvo que soportar el educador, no se comportó inferior delante de las vicisitudes, sino que con responsabilidad y decoro supo sobreponerse para cumplir con fidelidad las exigencias de su cargo.

En medio de este descompuesto ambiente algunas figuras del profesorado comenzaron a sentir la necesidad de asociarse para defender derechos y exigir oportuno cumplimiento de salarios y prestaciones.

Fue contundente el reclamo de cambiar el paradigma de bultos de ron por salarios, por el dinero circulante para el pago de salarios. A finales de la década de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, surgen las figuras de Juan Maiguel de Osuna y Tomás Emilio Tache; hombres talentosos en el manejo educativo y con sobrada aceptación en el gremio magisterial.

Sobre ellos recayó la responsabilidad de emprender un proceso inédito de redención del gremio profesoral de las imperativas formas de repugnante sometimiento de la educación y educadores a los gobiernos de turno y de abrir caminos de dignidad para un sector siempre golpeado en sus derechos.

Así comenzó esta histórica tarea con excelentes resultados para ese grupo humano que entregaba todo su saber con sacrificio sin recibir de vuelta aceptables retribuciones de cambio. Con ellos surgió un selecto ejército de hombres y mujeres que con aplomo y sabiduría supieron estructurar con solidez un sindicato, que le abrió las puertas del reconocimiento después de haber sido golpeado por mucho tiempo con impunidad por parte de las administraciones.

Ana Rebeca Fernández de Bonivento y Gladys Viloria de Correa se convirtieron en aguerridas mujeres que no dejaron que los gobiernos liberales y conservadores deterioraran el prestigio que había alcanzado el sindicato.

En estos iniciales y difíciles momentos comenzaron a tomar fortaleza el sentido crítico con independencia y la extraordinaria manera de enfrentar con decisión, objetividad y solidaridad la problemática social.

Acciones que fueron posteriormente aprovechadas para la inolvidable organización y puesta en ejecución de la Marcha del Hambre en septiembre de 1966 con gloriosos resultados que fueron extendidos a todo el sindicalismo nacional de educadores. En esta jornada participaron todos aquellos valores que se habían nutrido de la savia de los primarios organizadores del Sindicato de Educadores del Magdalena.

De esa gran escuela formadora de líderes surgieron destacados exponentes como Juan Socarrás Lugo, Rafael Hernández Pacheco, Benjamín Campo, César Osorio Machado, José Celedón García, Josefina de Daza, Oscar Saumeth y tantos otros exponentes que se dedicaron a defender los derechos del magisterio.

Ellos son modelos a seguir porque nunca bajaron la bandera de la responsabilidad y de la honestidad para mancharlas con actos indecorosos y dudosas transacciones destinadas a obtener distinciones y prebendas.

Pareciera que esas gloriosas epopeyas que tanto prestigio le diera al gremio de maestros, y que se escribieron con sentimiento patriótico, las hubieran descendido algunos viejos y nuevos dirigentes del firme pedestal granítico donde se encontraba, motivado por la búsqueda de apetitosas canonjías que suelen prometer y dar las administraciones y en los tentadores ofrecimientos que siempre surgen a lo largo del entramado electoral.

El tiempo ha dejado retratado con honores esa época de los grandes del magisterio del Magdalena. De ese grupo de hombres y mujeres que entendieron con firmeza la mejor forma de mantener aislado el magisterio de las políticas gubernativas que afectan su independencia y deteriora la facultad de tomar autónomas determinaciones que se ajusten a la conveniencia del gremio.

Esa fue la herencia que dejaron aquellos inolvidables guerreros: la de no dejarse seducir por los cantos de las administraciones ni permitieron que se lesionara la unidad por intereses mezquinos. Continuarán ellos con la antorcha en sus manos para seguir en la iluminación del camino de la independencia que tanto necesita un sindicato. Y de irradiar luz permanente de decencia a todos aquellos que quieran continuar por esos senderos de construir un magisterio soberano, crítico, solidario y dispuesto a representar con pundonor a un gremio que tantos honores le ha dado al  Magdalena.

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