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El asesino en serie soviético que dio pistas para arrestar a Garavito

Se llamaba Andréi Chikatilo. Nació el 16 de octubre de 1936 en Yabluchne, actual Ucrania, y se le conoció como el “Carnicero de Rostov”, el más temible asesino en serie de la antigua Unión Soviética, que por entonces sostenía que hombres de su tipo solo eran producto del capitalismo.

Chikatilo vivió una infancia entre la miseria, el hambre, las historias familiares terribles y el acoso estudiantil, que moldearon su personalidad y lo convirtieron en un hombre retraído, la piel que ocultó por décadas al verdadero monstruo que lo habitaba.

Agobiado por su disfunción sexual un día descubrió que la sangre y el miedo de sus víctimas le despertaban placer, de manera que se lanzó en una cacería que duró dos décadas, que inició a finales de los años 70 y se extendió hasta los 90.

Su coto de caza eran las estaciones de trenes, donde convencía con engaños o raptaba niños que deambulaban y los llevaba a parajes donde solía violarlos, devoraba partes de sus cuerpos, les arrancaba los testículos y los ojos.

La estela de muerte obligó a Moscú a crear un equipo de investigadores que dieran con el asesino. El detective Viktor Burakov y el psiquiatra Alexander Bukhanovsky lideraron la persecución que duró años, tiempo durante el cual desestimaron a 25.000 sospechosos, establecieron un perfil del criminal e incluso recopilaron elementos como cuchillos, sogas y hasta vaselina.

Entre los sospechosos estaba Chikatilo, para entonces un profesor de escuela de aspecto impasible, oculto detrás de unas enormes gafas que lo hacían ver lastimero y a quién arrestaron pero no lograron ligar a uno de los casos porque su grupo sanguíneo no coincidía con el del asesino por una extraña condición genética que arrojaba dos tipos sanguíneos distintos en sangre y semen.

Finalmente, Chikatilo fue arrestado a finales de 1990 en la localidad de Leskhoz, tras cometer el último de sus crímenes por un policía que sospechó de su apariencia física y de una herida en uno de sus dedos.

Chikatilo resistió una semana al interrogatorio de los detectives que sabían todo sobre su método de muerte. Solo admitió los 53 asesinatos que cometió cuando el psiquiatra Bukhanovsky lo confrontó con su realidad. Dos años después, rapado, sin lentes y en una jaula escuchó —con burlas hacia sus víctimas— el juicio en el que se ordenó la pena de muerte.

La pista para dar con La Bestia

La historia del “Carnicero de Rostov” se convirtió en libro y luego en película y fue una de las fuentes de las que bebieron los investigadores del Cuerpo Técnico de Investigaciones del Eje Cafetero que lideraron la persecución y arresto de Luis Alfredo Garavito, apodado “La bestia”.

Varios elementos coincidieron en los casos de estos dos asesinos en serie. Garavito al igual que Chikatilo vivieron infancias terribles, descubrieron al monstruo dentro en una suerte de ensayo y error y con los años afinaron su manera de matar y dejar una firma en el cuerpo de sus víctimas.

Mientras Chikatilo les sacaba los ojos a los niños que asesinaba, se comía partes de su cuerpo y les arrancaba los testículos luego de violarlos, Garavito solía introducirles a sus víctimas objetos en el ano y cercenarles sus genitales.

Ambos fueron metódicos, se ocultaban detrás de una personalidad fachada que evitaba levantar sospechas, deambulaban por sus países, detectaban a sus víctimas y los convencían con ofertas de dinero, dulces o bajo amenazas para llevarlos a parajes donde los atacaban.

La Fiscalía colombiana a finales de los años 90 estableció un equipo multidisciplinario para arrestar al asesino en serie que mataba niños por todo el país. En principio arrestaron a agresores sexuales y se creyó que se ponía fin a un drama pero una nueva víctima en el Quindío, Risaralda o el Tolima volvía a ponernos en el principio.

Parte del físico y del perfil de Garavito lo armaron los investigadores y científicos de la Fiscalía a partir de los lentes, zapatos y parte de su ropa que abandonó en un incendio en unos cañaduzales, junto al cuerpo de una de sus víctimas.

Cuando supieron de quién se trataba, tras meses de investigación, llegaron a las bolsas donde guardaba las tarjetas de los hoteles económicos donde solía hospedarse, las loterías que apostaba, los juegos de chance que coleccionaba y las listas de canciones de despecho que pedía en los bares de baja estofa donde se emborrachaba.

Al igual que Chikatilo, Garavito fue detenido bajo sospecha de estar detrás de la muerte de un niño en Boyacá, pero la Defensoría del Pueblo intercedió dada su apariencia calamitosa, que no era otra cosa que su disfraz.

Finalmente fue detenido el 22 de abril de 1999 en Villavicencio cuando intentó violar a un niño vendedor de lotería en la Plaza de los Centauros y a quien llevó bajo amenazas de apuñalarlo hasta un lugar boscoso, cuando lo tenía sometido un joven habitante de calle los descubrió y le lanzó piedras.

Tanto el niño como el adolescente huyeron y dieron aviso a la Policía. Un oficial de nombre Pedro Babativa aguardó con calma durante toda la tarde hasta que vio salir de entre la maleza a un hombre con la ropa sucia que se identificó como Bonifacio Morera Lizcano.

El niño agredido lo reconoció como el hombre que horas antes intentó violarlo, de manera que había razones para apresarlo. Para entonces, las autoridades del país estaban advertidas sobre agresores sexuales y la búsqueda de un asesino serial. Babativa avisó a la Fiscalía del arresto de Morera Lizcano, envió fotos y la Fiscalía confirmó que el hombre era realmente Luis Alfredo Garavito.

Los investigadores que lo persiguieron durante más de un año viajaron hasta Villavicencio y lo interrogaron durante horas, hasta que uno de ellos le relató su vida desde la infancia, como lo hizo el psiquiatra Bukhanovsky con Chikatilo, fue entonces cuando Garavito confesó el asesinato de más de cerca de 200 niños, se arrodilló y pidió perdón a Dios.

Luis Alfredo Garavito murió este 12 de octubre en un hospital de Valledupar, luego de purgar en la cárcel de la Tramacúa 24 de los 40 años a los que fue condenado.

La Bestia falleció como consecuencia de una leucemia y un cáncer ocular con el que tuvo que lidiar en los últimos tres años de su vida, en absoluta soledad.

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