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Elon Musk confiesa que fue víctima de acoso escolar, en libro sobre su historia

Tras el éxito y el respeto editorial que ha logrado por la calidad de sus biografías de personajes como Albert Einstein, Steve Jobs y Leonardo da Vinci, Walter Isaacson presenta un retrato inédito de uno de los hombres más poderosos del mundo: Elon Musk.

Un trabajo que ha desarrollado de manera intensa durante dos años, siendo el entrevistador y confidente de Elon Musk, pero también de sus familiares, ex esposas, amigos, colegas e incluso de sus adversarios, lo que enriquece el texto.

La influencia cada vez mayor de Musk en los últimos tiempos y en buena parte del mundo, ya sea a través de Twitter, ahora conocida como X, sus automóviles eléctricos o la exploración espacial, hacen que esta biografía sea oportuna y genere un gran interés para conocer más sobre este hombre extravagante y poderoso que genera por igual sentimientos apasionados de admiración y aborrecimiento, pero no indiferencia.

Son 736 páginas de un libro que estará disponible a partir de este jueves, para conocer, más allá de sus intervenciones y la acumulación de su riqueza, cómo ha sido la vida de uno de los personajes más importantes del nuevo milenio.

ABREBOCAS

Según el autor de esta biografía, no es descabellado pensar que toda su trayectoria pública y éxito ha sido en pos de exorcizar los fantasmas de su infancia y juventud.

Primer hijo del matrimonio entre Errol Musk, un ingeniero de carácter violento y tiránico, y Maye Haldeman, una mujer que empezó a trabajar como modelo a los quince años, Musk nació en Pretoria en 1971, esto es, en pleno régimen de apartheid en Sudáfrica.

Ya de pequeño Musk mostró un interés inusitado por los cohetes y explosivos. Estos intereses se combinaban con un carácter reservado e introvertido que hicieron de su socialización todo un reto. En un tiempo y un lugar acostumbrados a la violencia, Elon Musk fue víctima de acoso escolar.

A consecuencia del divorcio de sus padres cuando contaba con ocho años, Musk vivió durante dos años junto a su madre y sus dos hermanos. En este tiempo los hermanos Musk experimentaron un alto nivel de independencia, ya que Maye Haldeman trabajaba durante todo el día para poder mantener a sus hijos.

A los diez años, Elon Musk tomó una decisión que lamentaría durante largo tiempo: irse a vivir con su padre. No obstante, esto le otorgó a él y a sus hermanos un grado de libertad acentuado respecto al que experimentaban junto a su madre, e inusitado para unos niños que apenas habían empezado la pubertad.

«Hoy en día alguien llamaría al servicio de protección de menores si alguien hiciera lo que hacía nuestro padre, pero por aquel entonces aquello era para nosotros una experiencia maravillosa», afirmó Elon Musk.

«Un minuto estaba superamable y el siguiente te estaba chillando y sermoneando durante horas, literalmente dos o tres horas, mientras te obligaba a permanecer ahí plantado, llamándote inútil, patético, haciendo comentarios espantosos y malvados, sin dejarte marchar», comenta en el libro Kimbal Musk, hermano de Elon, sobre su padre Errol.

El joven Musk se encerró en los juegos de rol, la fabricación de cohetes caseros y los libros (en su momento la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams lo sacó de una depresión adolescente, y sigue siendo hoy su libro de cabecera).

Como estudiante destacó en aquello que captaba su atención (matemáticas, física) y obtuvo notas muy normales en lo que no le atraía (Afrikáans la lengua de los colonos que se habían instalado en Sudáfrica desde comienzos del siglo XVIII e Instrucción Religiosa).

«Yo interpretaba literalmente lo que decía la gente, y fue solo leyendo libros como comencé a aprender que las personas no siempre decían lo que pretendían decir en realidad», dice en el libro Elon Musk.

A raíz de su afición por los videojuegos, consiguió su primer computador a los 11 años. En tres días completó el curso de 70 horas de programación en Basic, lo que viene a demostrar el carácter enfermizo de sus aficiones que a día de hoy persiste.

A los 13 años creó un videojuego llamado Blastar, por el que una revista de informática le premió con 500 dólares.

LEJOS DE SU TIERRA NATAL

Decidido a marcharse de Sudáfrica rumbo a Canadá en 1989, 18 días antes de cumplir 18 años. Se ha insistido bastante en atribuir o al menos explicar parcialmente el éxito posterior de Musk en la fortuna de su padre, en tanto que copropietario de una mina de esmeraldas en Zambia.

La versión de Musk a lo largo del tiempo ha sido cambiante y ha contribuido a azuzar la polémica. La realidad es que para 1989 esa mina y sus réditos habían perdido todo su valor y que lo único que tenía al llegar a Canadá era una lista de familiares a los que nunca había visto, 2 mil dólares en cheques de viaje aportados por su padre y otros 2 mil obtenidos de una cuenta de valores de su madre.

En 1990, y más movido por una necesidad de encontrar una universidad donde pudiera acceder al desconocido mundo de la vida social que a estudiar ingeniería en una facultad de prestigio, Musk ingresó en Queen’s.

«Lo instalaron en la ‘planta internacional’ de una de las residencias, donde el primer día conoció a un estudiante llamado Navaid Faruq, que se convertiría en su primer amigo auténtico y duradero… Al igual que Elon, en el instituto no había hecho amigos. En Queen’s, Musk y él trabajaron amistad enseguida gracias a sus intereses compartidos en videojuegos y de mesa, la historia oscura y la ciencia ficción».

La experiencia en Queen’s terminó resultándole aburrida, de modo que en 1992 obtuvo una beca para estudiar Física y Empresariales en la Universidad de Pennsylvania.

«Me preocupaba que, si no estudiaba Empresariales, me vería obligado a trabajar para alguien que lo hubiera hecho. Mi meta era diseñar productos teniendo talento para la física y no tener que trabajar nunca para un jefe con un título en Empresariales».

En este tiempo Musk dejó entrever algunas de sus obsesiones futuras: las propiedades de los materiales, los computadores e internet, las baterías, las energías renovables y la posibilidad de que algún día el ser humano llegase a Marte.

APUESTA AL INTERNET

Junto a su hermano Kimbal, Musk comenzó a desarrollar un software de nombre Zip2 cuyo funcionamiento resulta hoy tremendamente familiar y simple: un directorio de búsqueda de empresas, a través de mapas sobre los que uno podía desplazarse y hacer zoom.

Fue en este tiempo cuando Musk comenzó a hacer gala de una serie de actitudes en las que ha persistido: su tendencia a boicotear las negociaciones con inversores y compradores, su necesidad de control absoluto sobre el producto y unas jornadas inhumanas que en muchas ocasiones han puesto en apuros su salud y también la de sus trabajadores, lo que él llama ‘modo hardcore’.

«Yo nunca había querido ser director general, pero aprendí que no podías ser verdaderamente el director de tecnología o de producto a menos que fueras el director general».

Para cuando Kimbal y Elon Musk vendieron Zip2 en enero de 1999 la cuenta bancaria de este último pasó de 5 mil dólares a 22 millones.

«Soy obsesivo-compulsivo por naturaleza. Lo importante para mí es ganar, y no de una forma modesta. Dios sabrá por qué […] probablemente se trate de algo arraigado en algún perturbador agujero negro psicoanalítico o cortocircuito neuronal», Elon Musk a su amigo Harris Fricker, a quien conoció durante su experiencia en banca.

A inicios de 2000 a X.com le había surgido un competidor dentro de su nicho: Confinity, dirigida por Peter Thiel. Ambas empresas estaban trabajando en un producto similar, y dado que la burbuja de las .com comenzaba a dar síntomas de desgaste, decidieron unir fuerzas para desarrollar una solución única, de nombre PayPal.

Fue durante la experiencia de PayPal cuando Musk comenzó a mostrar los síntomas que han caracterizado la mayoría de sus incursiones empresariales posteriores: el rechazo a compartir del poder, la dificultad para delegar, la tendencia a lanzar órdagos y el rechazo a separar el diseño del producto de su fabricación.

«Elon dirá cosas descabelladas, pero de cuando en cuando te sorprende sabiendo mucho más que tú sobre tu propia especialidad», asegura Max Levchin.

Una preocupación de Musk son los índices de natalidad. Arguye que muchos de sus amigos tienen, como máximo, un solo hijo. Musk, por el contrario, ha tenido hasta la fecha diez con tres mujeres distintas. En las relaciones con esta familia se atisba una faceta de Musk distinta y que se puede conocer a raíz de los testimonios recabados por Isaacson.

«La cabezonería y la distancia emocional que hacen que sea difícil como marido quizá estén entre las razones de su éxito para dirigir empresas», asegura Justine Wilson, primera esposa de Musk.

A principios de 1999 Musk tenía una cuenta con seis ceros y experiencia en el sector bancario, pues había estado realizando prácticas en la entidad Scotiabank. De su paso por el sector le quedó una imagen de un gigante anquilosado que necesitaba disrupción. Fue en ese momento cuando Musk ideó un negocio que gestionaría todas las transacciones financieras (inversiones, préstamos, compras online, banca, tarjetas, etc.) de forma instantánea, y le puso como nombre el de su letra favorita.

PENSANDO EN MARCIANOS

Musk se considera un benefactor, alguien que tiene una misión más allá de acumular una fortuna inconmensurable. En pocos casos se aprecia más esta concepción providencial que en su deseo de llegar a Marte.

«Tenemos que llegar a Marte antes de que me muera», suele afirmar.

Según el razonamiento de Musk, la civilización humana es demasiado frágil como para tenerla encapsulada en un único lugar, en este caso la Tierra. Considera que el progreso no está asegurado y que cualquier imprevisto (ya sea un meteorito o la rebelión de la inteligencia artificial) puede propiciar la extinción.

«Tenemos aquí esta delicada vela de la conciencia parpadeando y puede que esa el único caso, por lo que es esencial que la preservemos. Si somos capaces de ir a otros planetas, el tiempo de vida probable de la conciencia humana va a ser mucho mayor que si permanecemos atrapados en un planeta que podría sufrir el impacto de un asteroide o destruir su civilización», dicta Musk en el libro.

En este sentido SpaceX, la compañía aerospacial de Musk, es la prueba más palmaria de sus intenciones.

Este libro indaga en sus orígenes, tachonados de momentos complicados debido a varios lanzamientos fallidos, sus éxitos y también en el cambio de paradigma que ha supuesto la iniciativa de Musk, trasladando la exploración espacial en Estados Unidos desde la iniciativa pública a la privada.

También trasluce el desprecio sistemático de Musk por todas aquellas leyes y normativas que operan fuera del ámbito de la física.

A diferencia de otros magnates de la tecnología como Steve Jobs, Musk aplica un control obsesivo sobre todo el desarrollo de sus productos: ya no sólo el diseño, sino también el que concierne a los aspectos más nimios del proceso de fabricación, como la velocidad a la que trabaja el robot que se encarga de la pieza más insignificante de un Tesla.

Como consecuencia de los errores cometidos durante su trayectoria empresarial (muchas veces debidos a su propio carácter temerario), Musk ha ido desarrollando un algoritmo que impone a todos sus equipos y que condensa las enseñanzas que deben guiar la fabricación de sus productos, ya sea un Tesla, un cohete de SpaceX o un satélite: «Si los motores no están estallándonos, es que no nos estamos esforzando lo suficiente».

EN PLENA CREACIÓN

El libro de Isaacson dibuja múltiples escenas de las que el autor ha sido testigo presencial y que muestran a la perfección la forma de trabajar de Musk: compulsiva, ajena al concepto de riesgo, en muchas ocasiones irreflexiva, indiferente a las regulaciones que considera absurdas y que, por ello, en más de una ocasión ha ignorado, asumiendo las consecuencias pero dotada de una dosis indudable de genialidad.

No resulta raro, tampoco, verle en jornadas maratonianas junto a su equipo cuando de cumplir algún plazo disparatado se trata.

«En ciertos sentidos, Musk se parecía a Steve Jobs, un brillante pero desabrido capataz con una visión distorsionada de la realidad que podía volver locos a sus empleados, pero asimismo impulsarlos a hacer cosas que a estos se les antojaban imposibles», afirma el autor de la biografía.

En Elon Musk se percibe una profunda suspicacia hacia la política y el poder arbitrario, aunque en demasiadas ocasiones sea él quien termine ejerciéndolo. Este recelo se observó cuando, en los inicios de la pandemia de Covid, California ordenó confinamientos que afectaban directamente a las factorías de Musk, un obseso del trabajo presencial.

«Si alguien quiere quedarse en su casa, genial dijo Musk. Pero decir que no pueden salir de su casa, y que si lo hacen serán detenidos, eso es fascista. Eso no es democrático. Eso no es libertad. Devolvedle a la gente su maldita libertad».

Musk se describe como un centrista moderado, a la izquierda del Partido Republicano y a la derecha del Partido Demócrata.

Las conversaciones que Isaacson ha mantenido con el entorno de Musk, entre ellos colegas, amigos y otros que ya lo fueron, coinciden en manifestar una faceta oscura que puede manifestarse de varias formas, ya sea con una verborrea incontrolable en Twitter que le lleva a acusar a alguien de pederasta sin prueba alguna, boicoteando una negociación, estableciendo plazos de cumplimiento absolutamente irreales o adoptando comportamientos tiránicos con sus subordinados.

Quienes le rodean llaman a estas crisis «momentos open-loop»: aquellos en los que Musk deja de recibir retroalimentación alguna del exterior y actúa únicamente siguiendo sus instintos más primitivos.

Este libro permite indagar en las motivaciones de esta particular lucha contra la corrección política, el discurso antimeritocrático e, incluso, el fenómeno trans, una realidad que le resulta muy cercana.

 

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