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Cine colombiano: “Un varón”

Por

GONZALO

RESTREPO

SÁNCHEZ

 

Sin lugar a dudas, este año es el momento para que todo el cine colombiano que se haga, se pueda observar en las salas de cine. No solo cine de ficción, sino documentales (sorprende la cantidad de filmes en este contexto producidos) y hasta cortometrajes. Los jóvenes y cineastas colombianos tienen la oportunidad de mostrarse, y hasta en festivales de cine, donde muchos han sido galardonados y eso incentiva la producción nacional.

El siguiente filme colombiano a analizar es “Un varón” del cineasta Fabián Hernández. Si bien, una historia más sobre la marginalidad y esa abyección de seres humanos de calles ruidosas en las urbes principales, los personajes como el joven Carlos (y con una hermana prostituta), remite a muchos otros personajes y temas sobre la marginalidad en el cine colombiano. Pero, si evoca el tema como tal, el personaje principal goza de alguna manera de simpatía y aprobación por parte del asistente a la sala de cine, en cuanto a ese deseo de salir adelante del joven Carlos. León (2005) afirma:

El cine de la marginalidad producido en América Latina nos permite una aproximación a ese remanente intraducible que se desplaza en el interior de los sistemas simbólicos desafiando la lógica identitaria de la cultura hegemónica del occidente. De ahí que encontremos una correspondencia entre esta labor deconstructiva presente en el texto fílmico y el pensamiento poscolonial que define al sujeto subalterno a partir de su indecibilidad.

Para el adolescente Carlos, la ciudad se convierte en una urbe donde buscar sus raíces, cambiar, convertirse en alguien de su yo más genuino, parece (y digo “parece” en el sentido de enjuiciar) no estar alcance de sus manos. Pero, por otro lado, la imposibilidad de una familia por mantener a una hija e hijo, fuera de un mundo sin futuro.

“Un varón” y siendo coloquial, es una película que se deja ver; pues al margen de y sobre el conflicto de identidad que ha llevado al protagonista a esas “vueltas” a veces sin salida; la equivalencia cultural por un lado, y la necesidad de conocer otros derroteros de la vida, por el otro; nos permite a los espectadores, ver la opción en el interlocutor de ayudarse a comprenderse a sí mismo, sin temor. Una idea a la larga probablemente viva, donde subsiste nuestro protagonista. En tal sentido, Borges recuerda que “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

De manera que estamos ante un joven realizador que basado en su propia experiencia: la dureza por un lado, y el tono narrativo por el otro, contrastan con un estilo visual verista y hasta lírico por momentos. El trabajo de cámara es prácticamente correcto, la perspicacia y el realismo sintonizan con “los paisajes” que el joven adolescente va dejando atrás en “sus viajes” por la vida.

La narración de “Un varón” sin escrúpulo (en el mejor de los sentidos), es asimismo, un juego de opuestos, atado a la búsqueda de una identidad.  Y otro de los elementos de los que se sirve para el no retorno de algunos personajes icásticos, es la articulación de temas es el contexto de una vida social marginal. Si bien, ya se ha hablado aquí de la dualidad de los deseos del protagonista (ser o no ser); sus proyecciones personales, están siempre ligados  al eterno infortunio de la no resolución.

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