HOY DIARIO DEL MAGDALENA
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Un cuarentón disertando sobre la amistad

No es la misma percepción que se tiene sobre la amistad a los cuarenta años, que lo que considerábamos era ese sentimiento en décadas anteriores. Pienso que en esta década se inicia a valorar la esencia de la amistad y a descubrir su inmensidad. A esta edad percibimos que la calidad de la amistad es cada día mejor, aunque tristemente ya en esta década no se hacen nuevos amigos. Decía Aristóteles, “La amistad es lo más necesario en la vida” y afirma el refrán que “un buen amigo vale oro”. Yo añado a estas frases que no solo es invaluable y es indispensable, sino que la aptitud para adquirir nuevas amistades se desvanece con el tiempo.

Creo firmemente que la virtud de hacer amigos, se adquiere en edad temprana, y en la adultez se desvanece. Afortunadamente cuando tienes cuatro décadas, ya tienes los suficientes amigos para seguir viviendo la vida rodeada de amistades. Es como si a edad temprana te permitieran prender unas velas llamadas amigos, que posteriormente te acompañarían con su calor por el resto de tu vida. Si fuéramos conscientes de ello, prenderíamos a edad temprana muchas más velas, y no las apagáramos por pequeñeces.

La amistad es un sentimiento de hermandad muy grande, que en muchos casos requiere la sabiduría para anteponer insignificancias, por el hecho de no fracturarla. Si viéramos la amistad como una montaña llena de frutos y agua, nos percataríamos que por ninguna razón debe ser fragmentada por buscar un grano de arena en la mitad de su ser. Tal vez así tendríamos más amigos. Por ello estoy en contra de la frase “ex amigo”. Un amigo siempre lo será, aunque en algunos momentos exista una distancia.

La amistad es bella, única, es una hermosa caricia que alegra el espíritu de quien la ofrece y la recibe. Sin amigos no seríamos tan felices como lo que somos.

Estas reflexiones las plasmé luego de haber tenido la fortuna de asistir a un reencuentro de amigos de la universidad. Eran 22 años sin reencontrarnos. Viajaron especialmente personas que cuando egresamos tomaron la decisión de vivir en otros países. Hicieron el esfuerzo de venir desde Estados Unidos, Francia e Italia. Otros se encontraban en la capital, y en mi caso, me tocó trasladarme hacia el sitio escogido. Tomé el avión y viajé.

No sé si todos los notaron, pero les brillaban los ojos. Yo no pude ver si los míos brillaban, pero lo que si sentía era una felicidad única. Los abrazos eran de dos y tres minutos, y las miradas eran las más sinceras que había visto.  Creo que en ese momento me sentí más amigo de lo que fui en cinco años de carrera, e inclusive, allí conversé nuevamente con varios amigos que por pequeñeces no frecuentaba.

En la universidad eran mis amigos. El día del reencuentro me percaté que eran no solo amigos, sino aquella melodía que alegra el alma.

Había llegado el momento del reencuentro, de sentarse a conversar, de saber qué había pasado durante 22 años, de abrazarse, y por qué no, de cuestionarse por qué en algunos casos había existido distancia. Eran muchos sentimientos que se insertaban en una sola frase “amistad”. Nos preguntábamos, cómo ha pasado tanto tiempo, pero para los ojos de la amistad, aún nos veíamos jóvenes y dispuestos a rumbear hasta el amanecer. Nos olvidamos de todo, y a conversar se dijo.

Antes de llegar al sitio pasé por un amigo que se encontraba en su casa con sus dos hijos menores de edad. Hizo el primer esfuerzo, tal como yo lo hice, y dejamos solos a nuestros hijos por reencontrarnos.

Llegaron más de treinta amigos, todos con una alegría única, carcajadas iban y venían, anécdotas, recuerdos, buena comida, y una que otra sátira salía cuando se reclamaban el amor que había podido ser, pero no lo fue. Claro, en la amistad también puede existir esos momentos fugaces de amor y por qué no, volver a la amistad. También seguramente ahí algunos se percataron lo especial que era una persona, pero la falta de experiencia no te había permitido ver el tesoro que tenías al lado.

Después de la cena nos convidaron a bajar y encontramos un sitio excelente para brindar por la amistad. Ahí después de unos cuántos whiskys me atreví a tomar el micrófono y mencionar unas palabras. Afortunadamente quedaron grabadas porque luego de escucharlas me llenaron, no solo porque eran mías e improvisadas, sino porque llegué a la conclusión que la amistad hace que el ser humano no pierda su esencia. Somos como somos, así pase el tiempo, de esa forma logramos manifestar el ser único e irrepetible con el que prendimos muchas velas, y con las cuales hoy sentimos el calor de la amistad.

Bendita amistad, hoy y siempre, permanece conmigo, calienta mi espíritu cual vela en mitad de la noche fría, y permite que los demás sientan la amistad mía tan cerca y sincera, que quieran tenerme por siempre como amigo.

´El barre´ les aconseja: ¡Más tiempo para la amistad y menos excusas!

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*Abogado 

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