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Chile: el triunfo de Boric

El triunfo de Gabriel Boric no es sólo el fin de un tren electoral que tiene a los chilenos  concurriendo a las urnas desde octubre del 2020, sino que también es la culminación del período político más convulsionado desde el fin de la dictadura. Con el triunfo del candidato de la izquierda, se consolida una generación que ha sabido más de triunfos que derrotas y que, a diferencia de sus antecesores, no vive con los mismos miedos aprendidos en los años de la transición. Probablemente, este es el reflejo más claro del fin de ese período iniciado en 1990, en el que la élite de Chile buscó afianzar la institucionalidad democrática y económica, aún a costa de su representatividad y legitimidad.

Pero los procesos históricos no son como una serie de TV, donde los finales de temporada quedan claramente marcados por el capítulo final. Aquí habrá una serie de avances y retrocesos que harán sentir, a veces, que las cosas siguen igual. Quienes vieron los paneles de conversación en medios a pocas horas de los resultados habrán notado que estaban llenos de los mismos actores de la última década, representantes de partidos y prácticas que no llegaron con sus propuestas al balotaje. Así como en los programas de conversación, el proceso de reemplazo también será más complejo.

El primer reemplazo será generacional, pero no sólo uno en que los hijos de los que administraron la transición reclaman para sí el derecho a gobernar. Aquí hubo una entrega forzosa de las riendas, a contrapelo de lo que las generaciones anteriores hubiesen querido. Boric logró convocar con un mensaje de esperanza, pero sólo después que venció a las élites tradicionales en primera vuelta. Pero la juventud por sí sola no es una virtud (lo dice alguien de la misma generación del Presidente electo) y esta generación que conoce sólo de triunfos necesitará del aprendizaje de quienes han conocido de derrotas.

El segundo reemplazo es en términos de representatividad. Tanto en el Congreso y la Convención, la expectativa es que el gobierno de Boric sea capaz de incorporar a sectores excluídos del poder. Sobre él y su equipo recae la promesa de una redistribución del poder que implique paridad, descentralización y renuncia del monopolio de las élites. Esto requiere un gobierno, y un Presidente, dispuesto a salir de su rol con menos poder del que entró. Si bien esa promesa ya está hecha, cumplirla es complejo en medio de un gobierno que contará con pocos apoyos legislativos. Pero lo claro es que la expectativa es, precisamente, que el poder se comparta en vez de concentrarse.

Por último, este fin de ciclo pareciera llamar a un reemplazo de la apatía política por la movilización. Chile lleva años perdiendo su identificación partidaria, creciendo a costa de afinidades políticas efímeras y de una movilización basada en el rechazo a las élites y a quienes ostentan el poder. Esta elección no fue distinta ya que incluso los partidos que gobernaron Chile por 30 años dejaron de tener el apoyo que ostentaban. Pero, hay motivos para mirar con esperanza el futuro. El resultado mostró una movilización y una repolitización de la ciudadanía en torno a demandas de mejor calidad de vida y mayor legitimidad. Hemos visto el surgimiento y crecimiento de nuevos colectivos en torno a demandas más concretas y específicas. La generación que asume no es la que “no está ni ahí” de los 90, sino una que cree que la política puede mejorar nuestras vidas. Ojalá tengan razón.

* Internacionalista 

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